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Las tres ruecas , cuento corto para niños

02/01/2020

En una época en que había una doncella perezosa que no quería girar, y, dejando que su madre dijera lo que quisiera, no podía obligarla a hacerlo. Al final, la madre, en un ataque de impaciencia, le dio un golpe que hizo que la niña llorara a gritos.

En ese mismo instante, la Reina pasó por allí y, al oír los gritos, detuvo el carruaje, entró en la casa y le preguntó a la madre por qué golpeaba a su hija de tal manera que la gente que pasaba podía oír los gritos.

Entonces la madre se sintió avergonzada de que la pereza de su hija se conociera, así que dijo: “Oh, su Majestad, no puedo quitarle su hilado: ella gira desde la mañana hasta la noche, y yo soy tan pobre que no puedo permitirme comprar el lino.”

“No hay nada que me guste más que oír el sonido de las ruedas giratorias”, respondió la Reina, “y nada me complace más que el remolino de las ruedas giratorias”. Déjame llevar a tu hija al castillo; tengo suficiente lino, y puede que ella gire allí a gusto.”

“Ahora hágame este lino,” dijo la Reina, “y cuando lo haya hilado todo, tendrá como marido a mi hijo mayor. Aunque seas pobre, no te desprecio por eso, porque tu incansable industria es suficiente dote.”

La doncella se llenó de terror interior, pues no podría haber hilado el lino si se hubiera sentado allí día y noche hasta los trescientos años! Cuando se quedó sola, empezó a llorar, y así estuvo sentada durante tres días sin mover un dedo.

Al tercer día vino la Reina, y cuando vio que nada estaba aún hilado, se preguntó sobre ello, pero la doncella se excusó diciendo que no podía empezar a consecuencia del gran dolor que sentía al ser separada de su madre.

“Debes empezar a trabajar para mí mañana.”

Cuando ella les contó su problema, ellos le ofrecieron inmediatamente su ayuda, y dijeron:

“¿Nos invitarás a la boda, y no te avergonzarás de nosotros, sino que nos llamarás tus tías y nos sentaremos a tu mesa? Si lo deseas, hilaremos todo el lino, y lo haremos en muy poco tiempo.”

“Con todo mi corazón,” respondió la chica, “sólo entra, y comienza de una vez.”

Entonces admitió a las tres mujeres extrañas, y, haciendo un espacio claro en la primera habitación, se sentaron y comenzaron a girar.

Una sacó el hilo y pisó la rueda, la otra humedeció el hilo, la tercera lo presionó y lo golpeó sobre la mesa, y cada vez que lo hacía, un montón de hilo caía al suelo hilado de la manera más fina.

La doncella ocultó las tres hilanderas a la Reina, pero le mostró los montones de hilo hilado siempre que venía, y no recibió ningún tipo de alabanza por ello.

Cuando la primera habitación estaba vacía, se inició la segunda, y cuando ésta terminó, se inició la tercera, y muy pronto se despejó.

Entonces las tres hilanderas se despidieron, diciendo a la doncella:

“No olvides lo que nos has prometido; te hará una fortuna.”

Cuando la chica mostró a la Reina los cuartos vacíos y los grandes montones de hilo, se anunció la boda. El novio se regocijó de haber ganado una esposa tan inteligente y trabajadora, y la alabó enormemente.

“Tengo tres tías -dijo la doncella-, y como me han hecho muchas bondades, no he podido olvidarlas en mi buena fortuna; permítame invitarlas a nuestra boda y dejarlas sentarse conmigo a la mesa.”

Así que la Reina y el novio consintieron.

“¡Bienvenidas, mis queridas tías!”

“¡Ay!” exclamó el novio, “¿cómo es que tienes relaciones tan feas?” y subiendo al de pie ancho, preguntó:

“¿Por qué tienes un pie tan ancho?”

“De roscar, de enhebrar”, respondió.

Entonces fue al segundo, y preguntó:

“¿Por qué tienes un labio tan colgante?”

“Por humedecer el hilo”, respondió, “por humedecer el hilo”.”

Entonces le preguntó al tercero:

“¿Por qué tienes un pulgar tan grande?”

“De presionar el hilo”, respondió ella.

“¡Entonces mi encantadora novia no volverá a girar una rueda giratoria, mientras viva!”

Así fue como la doncella se liberó del odioso hilado del lino.