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Jack y las judias magicas

04/01/2020

En una temporada vivía una pobre viuda que tenía un hijo único llamado Jack.

Ella era muy pobre, puesto que los tiempos habían sido duros, y Jack era demasiado joven para trabajar.

Prácticamente todos los muebles de la casa se habían vendido para adquirir pan, hasta el momento en que al fin no quedó nada que valiese la pena vender.

Solo quedaba la buena vaca, Blanca Láctea, que daba leche todas y cada una de las mañanas, la que llevaban al mercado y vendían. Mas un día triste, Blanca Láctea no dio leche, y entonces las cosas se veían muy mal.

“No importa, madre”, afirmó Jack. “Debemos vender a Milky White. Confía en mí para hacer un buen negocio”, y se fue al mercado.

A lo largo de cierto tiempo se fue realmente triste, mas tras un tiempo recobró el ánimo. “Puedo cabalgar tal y como si fuera a pasear -afirmó-; con lo que en lugar de llevar a la vaca por el cabestro, brincó sobre su espalda, y de esta manera fue silbando hasta el momento en que se halló con un carnicero.

“Buenos días -afirmó el carnicero.

“Buenos días, señor”, respondió Jack.

“¿A dónde va?” afirmó el carnicero.

“Voy al mercado a vender la vaca.”

“Es una suerte haberte conocido”, afirmó el carnicero. “Puedes ahorrarte el inconveniente de llegar tan lejos”.

Con esto, metió la mano en el bolsillo y sacó 5 frijoles de aspecto curioso. “¿De qué manera se llaman?”, afirmó.

“Frijoles”, afirmó Jack.

“Sí”, afirmó , “frijoles, mas son los más fantásticos que se hayan conocido. Si los plantas a lo largo de la noche, por la mañana siguiente medrarán y van a llegar al cielo. Mas para ahorrarte la molestia de ir hasta el mercado, no me importa mudarlos por esa vaca tuya”.

“¡Hecho!” chilló Jack, que estaba tan encantado con el trato que corrió hasta su casa para decirle a su madre lo agraciado que había sido.

Mas ¡oh! qué desilusionada estaba la pobre viuda.

“¡Vete a la cama!”, gritó; y estaba tan disgustada que tiró los frijoles por la ventana al jardín. Conque el pobre Jack se fue a la cama sin cenar y lloró hasta quedarse dormido.

Cuando se despertó por la mañana siguiente, la habitación estaba prácticamente a oscuras; y Jack brincó de la cama y corrió a la ventana para poder ver qué pasaba. El sol relucía intensamente afuera, mas desde el suelo, justo a la vera de su ventana, medraba un enorme tallo de frijol, que se extendía cara arriba y hasta donde podía ver, cara el cielo.

Jack y el tallo de frijol tres “Veré a dónde conduce,” pensó Jack, y con eso salió de la ventana sobre el tallo de frijol, y empezó a subir cara arriba. Subió y subió, hasta el momento en que tras un tiempo la casa de su madre parecía una pura mancha abajo, mas al final el tallo se terminó, y se halló en un nuevo y precioso país. Un tanto más allí había un enorme castillo, con un extenso camino que llevaba de forma directa a la puerta primordial. Mas lo que más sorprendió a Jack fue hallar una bella doncella de repente a su lado.

“Buenos días, señora”, afirmó , muy educadamente.

“Buenos días, Jack”, afirmó ella; y Jack estaba más sorprendido que jamás, puesto que no podía imaginar de qué forma se había aprendido su nombre. Mas pronto se percató de que sabía considerablemente más sobre él que su nombre, puesto que le contó que, cuando era un bebé, su padre, un galante caballero, había sido asesinado por el gigante que vivía en aquel castillo, y que su madre, para salvar a Jack, se había visto obligada a prometerle que jamás contaría el secreto.

“Todo cuanto tiene el gigante es tuyo -afirmó , y después desapareció tan súbitamente como llegó.

“He de ser un hada”, pensó Jack.

Al acercarse al castillo, vio a la esposa del gigante de pie en la puerta.

“Si le semeja bien, señora”, afirmó , “¿me daría un tanto de desayuno? No he comido nada desde el día de ayer”.

Ahora, la esposa del gigante, si bien muy grande y feísima, tenía un corazón benevolente, conforme dijo: “Realmente bien, hombrecillo, entra; mas has de ser veloz, pues si mi marido, el gigante, te halla acá, te va a comer, con huesos y todo”.

Conque en Jack fue, y la esposa del gigante le dio un buen desayuno, mas antes que lo terminara a medias, llegó un horrible golpe a la puerta primordial, que pareció menear hasta los gruesos muros del castillo.

“¡Querida, ese es mi marido!” afirmó la gigantesca, con un horrible susto; “debemos ocultarte de alguna forma”, y levantó a Jack y lo metió en la tetera vacía.

Tan pronto como la esposa del gigante abrió la puerta, su marido salió rugiendo:

“Fee, fi, fo, fum,

Huelo la sangre de un inglés;

Esté vivo o bien esté fallecido,

¡Moleré sus huesos para hacer mi pan!”

“Es un pequeño, estoy convencido de que lo es”, siguió. “¿Dónde se encuentra? Lo voy a tener para mi desayuno”.

 

“¡Estupideces!” afirmó su esposa; “has de estar equivocado. Es la piel de buey lo que huele.” Con lo que se sentó y se comió la mayoría del buey. Cuando acabó, dijo: “Esposa, tráeme mis bolsas de dinero”. Entonces su esposa le trajo 2 bolsas llenas de oro, y el gigante empezó a contar su dinero. Mas tenía tanto sueño que pronto empezó a asentir con la cabeza, y después empezó a roncar, como el estrépito de un trueno. Entonces Jack se arrastró fuera, cogió las 2 bolsas, y si bien el can del gigante ladraba fuertemente, se dirigió por el tallo de las judías de vuelta a la casa de campo.

Jack y su madre eran ahora bastante ricos;

mas se le ocurrió un día que le agradaría ver de qué forma estaban las cosas en el castillo del gigante. Con lo que mientras que su madre estaba en el mercado, subió, y subió, y subió, y subió, hasta el momento en que llegó a la cima del tallo de frijol nuevamente.

La gigantesca estaba de pie en la puerta, igual que ya antes, mas no conocía a Jack, quien, evidentemente, estaba más bien vestido que en su primera visita. “Por favor, señora”, afirmó , “¿me daría algo de desayunar?”

“Escapa”, afirmó , “o bien mi marido el gigante te va a comer, con huesos y todo. El último muchacho que vino acá birló 2 bolsas de oro contigo!” Mas la giganta tenía un corazón benevolente, y tras un tiempo dejó que Jack entrase en la cocina, donde le preparó suficiente desayuno para una semana. Apenas había comenzado a comer, hubo un enorme estrépito como un seísmo, y la giganta solo tuvo tiempo de meter a Jack en el horno cuando entró el gigante. Tan pronto como entró en la habitación, rugió:

“Fee, fi, fo, fum,

Huelo la sangre de un inglés;

Esté vivo o bien esté fallecido,

¡Moleré sus huesos para hacer mi pan!”

Mas su esposa le afirmó que estaba equivocado, y tras desayunar un buey asado, tal y como si fuera una alondra, gritó: “¡Esposa, trae la gallinita cobrizo!” La giganta salió y trajo una pequeña gallina cobrizo, que puso encima de la mesa.

“¡Poner!” afirmó el gigante; y la gallina puso de forma inmediata un huevo dorado. “¡Poner!” afirmó el gigante por segunda vez; y puso otro huevo dorado. “¡Poner!” afirmó el gigante por tercera vez, y puso un tercer huevo dorado.

“Eso servirá para el día de hoy”, afirmó , y se estiró para irse a dormir. Tan pronto como empezó a roncar, Jack salió del horno, fue de puntillas a la mesa y, cogiendo la gallinita cobrizo, corrió cara la puerta. Entonces la gallina comenzó a cacarear y el gigante empezó a despertarse; mas antes que estuviese absolutamente despierto, Jack había escapado del castillo y, escalando tan veloz como pudo por el tallo de la judía, llegó a salvo a la casa de su madre.

Jack y el tallo de frijol

La pequeña gallina cobrizo puso tantos huevos dorados que Jack y su madre tenían ahora más dinero del que podían gastar. Mas Jack siempre y en todo momento pensaba en el tallo de la judía; y un día se descabulló nuevamente por la ventana, y subió, y subió, y subió, y subió, hasta el momento en que llegó a la cima.

Esta vez, puede estar seguro, tenía cuidado de no ser visto; con lo que se arrastró alrededor a la parte trasera del castillo, y cuando la esposa del gigante salió se deslizó en la cocina y se escondió en el horno. Entró el gigante, rugiendo más fuerte que nunca:

“Fee, fi, fo, fum,

Huelo la sangre de un inglés;

Esté vivo o bien esté fallecido,

¡Moleré sus huesos para hacer mi pan!”

Jack and the Beanstalk dos

Mas la giganta estaba bastante segura de que no había visto pequeños pequeños esa mañana; y tras murmurar mucho, el gigante se sentó a desayunar. Aun entonces no estaba totalmente satisfecho, puesto que de cuando en cuando decía:

“Fee, fi, fo, fum,

Huelo la sangre de un inglés”.

y cuando se levantó y miró en la tetera. Mas, como es natural, Jack estaba en el horno todo el tiempo!

Cuando el gigante había terminado, gritó: “¡Esposa, tráeme el harpa dorada!” Conque trajo el harpa dorada y la puso encima de la mesa. “¡Canta!” afirmó el gigante; y el harpa empezó de manera inmediata a cantar las más preciosas canciones que nunca se hayan oído. Cantó tan dulcemente que el gigante pronto se durmió rápidamente; y entonces Jack se arrastró sigilosamente fuera del horno, y yendo de puntillas a la mesa, sujetó la harpa dorada. Mas el harpa de manera inmediata gritó: “¡Profesor! ¡Profesor!” y el gigante se despertó a tiempo para poder ver a Jack salir corriendo por la puerta de la cocina.

Con un rugido miedoso, sujetó su garrote de roble, y corrió tras Jack,

quien mantenía el harpa fuertemente, y corrió más veloz de lo que jamás ya antes había corrido. El gigante, blandiendo su garrote, y dando zancadas horriblemente largas, se aproximó a Jack a cada momento, y lo habrían atrapado si el gigante no se hubiese deslizado sobre una roca. Antes que pudiese levantarse, Jack comenzó a bajar por el tallo de las judías, y cuando el gigante llegó al borde estaba prácticamente a mitad de camino de la cabaña. El gigante asimismo empezó a bajar, mas cuando Jack lo vio venir, lo llamó: “¡Madre, tráeme un hacha!” y la viuda salió corriendo con un helicóptero. Jack apenas había llegado al suelo, cortó el tallo de la judía en 2. El gigante cayó con un horrible choque, y eso, pueden estar seguros, fue su fin. Absolutamente nadie sabe qué fue de la gigante y del castillo. Mas Jack y su madre se hicieron riquísimos, y vivieron felices por siempre.