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Caperucita Roja

04/01/2020

En un enorme y ancho bosque, lleno de preciosos árboles, y verdes claros, y espinosos matorrales, vivió hace bastante tiempo un leñador y su esposa, que solo tenía un hijo, una pequeña pequeña. Era tan bonita y tan buena que el sol parecía relucir con más fuerza cuando su luz caía sobre su rosada carita, y los pájaros parecían cantar más dulcemente cuando pasaba.

Caperucita Roja

Su auténtico nombre era Maisie; mas los vecinos de alrededor la llamaban “Caperucita Roja”, por un capuchón y una capa escarlata que su afable y anciana abuela le había hecho, y que prácticamente siempre y en todo momento utilizaba.

Era una pequeña feliz y alegre, con una sonrisa y una palabra afable para todos, y de ahí que es simple pensar que todos la querían, y se alegraba de ver sus rizos dorados y su mantón escarlata mientras que tropezaba, cantando, bajo las ramas verdes.

Ahora, esto, permítanme decirles antes que lo olvide, fue en el tiempo en que todos y cada uno de los pájaros y las bestias, o bien prácticamente todos, podían charlar tan bien como o bien yo; y absolutamente nadie se sorprendió al oírlos charlar, como supongo que uno lo haría en la actualidad.

Puesto que bien, como afirmaba, la pequeña procesión roja vivía con sus progenitores en una casa blanca con puerta verde y techo de paja, y rosas rojas y blancas escalaban por todas y cada una de las paredes, y hasta ponían sus bonitas cabezas en las ventanas enrejadas, para espiar al pequeño que era tan semejante a ellos.

Fue en una refulgente mañana de primavera a inicios de mayo, cuando la pequeña Red Riding-Hood terminaba de concluir de guardar las tazas de desayuno que su madre llegó escandalosa del establo.

“Hay mucho que hacer”, afirmó. “El granjero Hodge me ha dicho en este instante que se ha enterado de que tu abuela no está completamente bien, y que no puedo parar de hacer queso esta mañana por amor o bien por dinero. Ve, querida, y descubre de qué forma está , y quédate, llévale esta pequeña olla de dulce mantequilla fresca, y estos 2 huevos recién puestos, y estas pequeñas y sabrosas empanadillas. Quizá la tienten a comer un tanto. Acá está tu cesta, y no tardes mucho, cariño”.

Entonces la pequeña Caperucita Roja se puso la capucha sobre los rizos

y se puso en marcha por la radiante ladera verde, con la cesta en la mano, a paso ligero. Mas conforme se adentraba en el bosque, andaba más de manera lenta. Todo era tan hermoso; los grandes árboles agitaban sus enormes brazos sobre ella, los pájaros se llamaban unos a otros desde las espinas todas y cada una blancas con flor, y la pequeña empezó a cantar mientras que avanzaba, no podría haber dicho por qué razón, mas creo que fue pues el bello planeta la hacía sentir feliz.

 

Pequeña Procesión Roja dos

El camino zigzagueaba entre los árboles y, al ensancharse tras plegar un rincón, vio Red Riding-Hood que era probable que tuviese compañía en su paseo; puesto que, donde se dividían 2 caminos trasversales, había un enorme lobo gris lamiéndose las largas patas y mirando fijamente a su alrededor. Y “Buenos días, Caperucita Roja”, afirmó .

“Buenos días, Sr. Lobo”, respondió .

“¿Y a dónde vas, dulce chica?” afirmó el Lobo, mientras que andaba a su lado.

“Oh, la abuela no está realmente bien, y la madre no puede dejar la fabricación de queso esta mañana, con lo que le llevo ciertas pequeñas delicadezas en mi cesta, y debo ver de qué forma está, y decírselo a la madre cuando vuelva”, afirmó el pequeño con una sonrisa.

“Y”, afirmó el lobo, “¿dónde vive tu buena abuela, señorita?”

“A través del bosque, y por la hondonada, y sobre el puente, y 3 prados tras el molino.”

“¿De veras?”, chilló . “Entonces creo que es una vieja amiga muy querida a la que no he visto en años y años. Ahora, te afirmaré lo que vamos a hacer, y yo: Yo voy a ir por este camino, y vas a tomar ese, y el que llegue primero va a ser el ganador del juego”.

Con lo que el Lobo se distanció trotando por un camino, y Red Riding-Hood se fue por el otro; y lamento decir que se quedó más tiempo y haraganeó más de lo que debería haber hecho en el camino.

Bueno, con una cosa y otra, el sol estaba justo en medio del cielo cuando cruzó el último prado desde el molino y vio la cabaña de su abuela y los grandes arbustos de lilas que medraban al lado de la puerta del jardín.

“Oh, querido, de qué manera debo haberme quedado!” afirmó la pequeña, cuando vio lo alto que había subido el sol desde el momento en que se puso en camino; y, recorriendo el camino del jardín, dio un golpecito a la puerta de la cabaña.

“¿Quién está ahí?” afirmó una voz muy ruda desde dentro.

“Soy solo , Abuela querida, tu pequeña Caperucita Roja con ciertas gominolas para ti en mi cesta, respondió la pequeña.

“Entonces tira de la bobina”, chilló la voz, “y el pestillo va a subir”.

“Qué horrible frío debe tener la pobre Abuela, para estar segura, para dejarla tan ronca”, pensó la pequeña. Entonces tiró de la bobina, y el pestillo se levantó, y Red Riding-Hood abrió la puerta a empujones y entró en la cabaña.

 

Parecía muy oscuro allá dentro después de la refulgente luz del sol de afuera, y todo lo que Red Riding-Hood podía ver era que las cortinas de la ventana y las cortinas de la cama estaban todavía corridas, y su abuela parecía estar recostada en la cama con la ropa de cama puesta casi sobre su cabeza, y su gran gorro de noche de color blanco casi escondiendo su cara.

Ahora, tú y yo hemos adivinado para este momento, si bien la pobre Caperucita Roja jamás pensó en tal cosa, que no era su abuela en absoluto, sino el lobo desalmado, que se había apresurado a la cabaña y se puso el gorro de noche de la abuela y se metió en su cama, para fingir que era la propia abuela.

¿Y dónde estaba Grannie todo este tiempo, afirmarás? Bueno, lo veremos dentro de poco.

“Ven y siéntate al lado de mi cama, querida”, dijo el lobo, “y tengamos una pequeña charla”. Entonces el Lobo extendió sus grandes y peludas patas y comenzó a desatar la cesta.

“¡Oh!” dijo Red Riding-Hood, “¡qué grandes brazos tienes, Abuela!”

“Tanto mejor para abrazarte”, afirmó el Lobo.

“¡Y qué grandes orejas ásperas tienes, Abuela!”

“Tanto mejor para escucharte, mi pequeña querida.”

“Y tus ojos, abuela; ¡qué grandes ojos amarillos tienes!”

“Es mejor verte con mi mascota”, sonrió el Lobo.

“Y oh! oh! Abuela”, gritó el pequeño, con un triste susto, “¡qué dientes tan afilados tienes!”

“¡Mejor para comerte!” gruñó el Lobo, apareciendo de súbito en Red Riding-Hood. Mas justo en ese instante la puerta se abrió de golpe, y 2 altos leñadores entraron corriendo con sus pesadas hachas, y mataron al malvado lobo en mucho menos tiempo del que me lleva contarles.

“¿Pero dónde se encuentra la Abuela?” preguntó Little Red Riding-Hood, cuando había dado las merced a los valientes leñadores. “¡Oh! ¿Dónde puede estar la pobre Grannie? ¿Se la habrá comido el cruel lobo?”

Y comenzó a plañir y a sollozar amargamente,

cuando, quién debería entrar sino la propia Abuela, tan grande como la vida, y tan cordial como siempre, con su canasta de mercadeo en su brazo. Pues era otra vieja dama del pueblo que no se encontraba realmente bien, y Grannie había bajado a visitarla y a darle un tanto de su y renombrado té de hierbas.

Con lo que todo salió bien al final, y todos vivieron felices para siempre; mas os prometo que la pequeña Red Riding-Hood nunca más se hizo amiga de un Lobo!